Los demasiados libros

Los libros se multiplican en proporción geométrica. Los lectores, en proporción aritmética. De no frenarse la pasión de publicar, vamos hacia un mundo con más autores que lectores.

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La gente que quisiera ser culta va con temor a las librerías, se marea ante la inmensidad de todo lo que no ha leído, compra algo que le han dicho que es bueno, hace el intento de leerlo, sin éxito, y cuando llega a una docena de libros sin leer se siente tan mal que no se atreve a comprar otros. En cambio, la gente verdaderamente culta es capaz de tener en su casa miles de libros que no ha leído, sin perder el aplomo ni dejar de seguir comprando más. “Toda biblioteca personal es un proyecto de lectura” —dice un aforismo de José Gaos (Confesiones profesionales ). La observación es tan exacta que, para ser también irónica, requiere la complicidad del lector bajo una especie de imperativo moral que todos más o menos acatamos: un libro no leído es un proyecto no cumplido. Tener a la vista libros no leídos es como girar cheques sin fondos: un fraude a las visitas. Ernest Dichter, en su Handbook of consumer motivations , habla de esta mala conciencia en los clubes de libros. Hay gente que se inscribe como si entrara a un festival. Pero, a medida que los libros llegan y se acumula el tiempo necesario para leerlos, cada nueva remesa y el montón se vuelven un reproche muy poco festivo: una acusación de incumplimiento. Hasta que rompe con el club, decepcionada y resentida de que le siga enviando libros, a pesar de pagarlos. Por eso prosperan los libros que no son para leer. Libros que se pueden tener a la vista impunemente, sin sentimientos de culpa: diccionarios, enciclopedias, atlas, guías, libros de arte y de cocina, obras completas. Libros que la gente discreta prefiere para hacer regalos porque son caros, lo cual demuestra aprecio, y porque no amenazan con la cuenta pendiente de responder a la pregunta: “¿Ya lo leíste? ¿Qué te pareció?” —lo cual demuestra lo mismo. El antieslogan más anticomercial del mundo pudiera ser: “Regale un libro. Es como regalar una obligación”.

Los libros se publican a tal velocidad que nos vuelven cada día más incultos. Si uno leyera un libro diario, estaríamos dejando de leer 4000, publicados el mismo día. Es decir: sus libros no leídos aumentarían 4000 veces más que sus libros leídos. Su incultura, 4000 veces más que su cultura.

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