La ética de la filosofía científica

El mundo del hombre contemporáneo se funda sobre los resultados de la ciencia: el dato reemplaza al mito, la teoría a la fantasía, la predicción a la profecía.

Mario Bunge

En reiteradas ocasiones se me ha cuestionado mi interés por la filosofía siendo químico, a lo que he respondido, en también reiteradas ocasiones, que es difícil no interesarse por la filosofía si la ciencia, en su totalidad, surgió del pensamiento filosófico, varios han quedado satisfechos con mi argumento, otros simplemente se alejan musitando quizás que estoy loco.

En uno de esos días que  andando de pata de perro por los libros usados, encontré escrito por un  Físico Matemático y además Filosofo de la Ciencia, su nombre Mario Bunge, libro que me llenó de satisfacciones por el lenguaje, claro, preciso y filosófico que utiliza al hablar de la actividad científica, y de allí el siguiente extracto (posteriormente publicaré otros)

Así como hay una moral de la investigación científica, también hay un código moral de la reflexión filosófica que aspira a ser científica. Algunas de las exhortaciones que forman parte de este código son las siguientes:

  • No filosofarás sobre la ignorancia sino fundándote sobre el conocimiento; para esto empezarás por adquirirlo. O sea, primum cognoscere, deinde philosophari (primero conoceré, después filosofaré). Esta máxima es una especificación de otra: No simularás, que, desde luego, es deseable respetar en toda acción y que será posible hacerlo en toda ocasión en una sociedad sin policía.
  • No te jactarás de poseer poderes cognoscitivos especiales de alcanzar el conocimiento por vías suprarracionales o supraempíricas: aprenderaás con trabajo, sin creerte dueño privilegiado de una intuición especial, visión de las esencias, sentimiento de los valores o comprensión simpática que te permitan ahorrarte el aprendizaje y la investigación y eximirte de ser criticado.
  • Intentarás expresarte con sentido y con claridad, formulando enunciados que, por poseer significado, sean susceptibles de ser convalidados o al menos justificados pragmáticamente: rehuirás la frase sonora pero hueca o irrefutable, no disimularás la vaciedad conceptual con un lenguaje oscuro o metafórico, no reemplazarás el análisis por el juego de palabras.
  • Justificaras lo que afirmes: intentarás ofrecer los medios para el test lógico o empírico de tus aserciones, y recurrirás a la autoridad solamente como expediente pragmático transitorio.
  • No te atarás a dogma alguno: en particular, no acatarás filosofías de iglesia ni de partido, y no te encerrarás obstinadamente en una escuela; tomarás el partido de la verdad, no cesarás de dudar, de criticar, de poner a prueba, de preguntar y de preguntarte; te rectificarás cuantas veces lo exija el ajuste a la verdad, y lo harás sin vergüenza, ya que lo vergonzoso es seguir creyendo que puedan existir, fuera de las ciencias formales, verdades irrefutables y definitivas, y que un individuo o una secta puedan poseer la suma del saber.
  • Te renovarás: no te fosilizarás, sino que te mantendrás alerta a las grandes novedades del saber, sin intentar forzarlas en tus esquemas preconcebidos: antes bien, reajustarás de continuo tus esquemas a la novedad, aunque sin abandonar la cautela propia del sabio, que impide aclamar lo último como lo mejor o lo más verdadero.
  • Tolerarás toda investigación científica de hipótesis que no creas; pero serás intolerante con la ignorancia organizada, con el oscurantismo, con el mito, con las barreras a la búsqueda y la difusión del conocimiento.

La actividad intelectual que acata estas normas internas de la investigación es lenta, pero responsable, difícil, pero fructífera; exigente, pero autoimpuesta; y es también moralizadora, pues infunde amor por la verdad, por la independencia de juicio y por la libertad.

Referencia

  • Bunge, M, 1988. Ética y Ciencia 3º ed., Buenos Aires: Siglo Veinte.

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