La ciencia adopta, como parte de su método, un enfoque naturalista: excluye cualquier hipótesis que postule la existencia de entidades sobrenaturales. Una consecuencia de este requisito metodológico (suponer que existen espíritus, milagros o magia le impediría trabajar) es que la ciencia es, necesariamente, materialista.

Últimamente, «materialista» se ha convertido en una mala palabra. Y en efecto: aplicado de manera miope, el materialismo puede llevar a conclusiones cuadradas y cortas de miras. Un ejemplo: calcular cuánto vale un ser humano.

Químicamente, el cuerpo humano –si no hay espíritus, un humano es nada más su cuerpo– se compone sólo de varios elementos en distintas cantidades. Aunque los cálculos varían, consta de 65% de oxígeno, 18% de carbono, 10% de hidrógeno, 3% de nitrógeno, 1% de fósforo, 0.5% de calcio, 0.35% de potasio, 0.25% de azufre, 0.15% de sodio, 0.15% de cloro, 0.05% de magnesio y cantidades minúsculas de otros elementos. El precio de todo esto es entre uno y 15 dólares

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