Yo fui un niño ávido, en primer lugar, de amor, ávido de conocimiento y de paisaje. Pero tuve la ventaja que muy pocos hombres tienen: la de no haber leído ni aprendido nada por obligación. Lo que se me enseñó en los pocos años en que estuve en la escuela, o cuando fui un empleado al servicio de un comerciante, o de un banquero, o de un editor, lo olvidé. En cambio recuerdo tantas cosas que aprendí por amor, por amor al arte y por el arte de amar las cosas.
Juan José Arreola
mayo 15, 2011 a las 11:57 am
¡Felicidades! al profesor que hace mas ameno el camino del conocimiento, guiando de manera sabia los pasos de aquellos que quieren aprender y aman lo que aprenden. gracias por ser como son.